Quien soy

Y POR QUÉ AHORA EJERZO DE ABOGADO MEJOR QUE ANTES

 

 

Me llamo Jesús Garzón. Nací en Madrid el 27 de diciembre de 1978, a las seis de la tarde. 

 

Digo la hora porque con los años he aprendido que los detalles importan más de lo que parece. No solo en la vida, también en el derecho. 

 

Durante mucho tiempo pensé que ser abogado consistía precisamente en eso: en dominar los detalles, las normas, los plazos, los argumentos. 

 

Y lo hice. Estudié, trabajé, ejercí y resolví conflictos como se supone que debe hacerlo un abogado.

 

Durante años, mi despacho fue un lugar de paso para personas que llegaban con un problema y se iban con una estrategia. Divorcios, conflictos familiares, disputas económicas, decisiones difíciles. Yo escuchaba, analizaba, estructuraba y actuaba. 

 

Y funcionaba. Técnicamente, procesalmente, jurídicamente. 

 

Pero algo empezó a no funcionar por dentro.

 

Recuerdo uno de los primeros momentos en los que empecé a sentir esa grieta. Fue en un procedimiento de familia. Dos personas adultas, inteligentes, con una hija pequeña en común. El conflicto no era especialmente grave en términos legales, pero sí profundamente doloroso en lo humano. Cada escrito era un golpe. Cada vista, una batalla. Y yo, como abogado, estaba haciendo bien mi trabajo. O eso creía.

 

El procedimiento terminó. Hubo sentencia. Ganamos algunos puntos, perdimos otros. Pero cuando meses después volví a cruzarme con esa persona, ya fuera del juzgado, me dijo algo que no se me olvidó:

 

“Legalmente salió todo bien… pero mi vida quedó peor.”

 

 

Ese día no cambié nada. No tomé decisiones drásticas. Seguí trabajando como siempre. Pero algo se quedó conmigo. Una sensación incómoda, difícil de nombrar. Como si el derecho, tal y como lo estaba ejerciendo, resolviera conflictos formales pero dejara demasiados restos emocionales por el camino.

 

 

Con el tiempo llegaron más historias.

 

  • Personas que ganaban juicios pero perdían relaciones con amigos. 
  • Acuerdos que eran impecables sobre el papel y devastadores en la práctica. 
  • Estrategias legales brillantes que cronificaban el conflicto durante años. 

Y empecé a preguntarme si de verdad ese era el único modo posible de ejercer la abogacía.

 

No fue una crisis repentina. Fue más bien un desgaste silencioso. Un cansancio que no se iba con vacaciones. Una sensación de estar siempre reaccionando a problemas que ya habían explotado. Y, sobre todo, la intuición de que muchas de esas situaciones podrían haberse gestionado de otra manera si alguien hubiera estado ahí antes, sosteniendo, frenando, poniendo palabras donde solo había ruido.

 

 

Hoy sigo siendo abogado. 

 

No he dejado el derecho. Pero ya no ejerzo desde el mismo lugar. Mi trabajo como Jesús Garzón ya no se basa únicamente en aplicar normas o ganar procedimientos. Se basa en acompañar a las personas en momentos en los que una decisión legal puede marcar su vida durante años. En escuchar con atención. En explicar consecuencias reales. En buscar soluciones que no rompan más de lo necesario.

 

No siempre es el camino más corto. 

 

No siempre es el más rentable a corto plazo. 

 

Pero es el único que me permite ejercer esta profesión sin perderme a mí mismo por el camino.AHO